Infoxicación: reeditar el mito de la caverna

Escrito por el abril 29, 2013 - 16:50 No hay comentarios

Por Antonio Manfredi (@antoniomanfredi). Periodista. Trabaja en la Radio Televisión de Andalucía y participa en la Asociación de Periodistas Digitales de Andalucía, así como en el Consejo Andaluz de Asuntos del Menor.

En primer lugar, estamos ante un concepto nuevo, la infoxicación, que nace en la era de Internet; pero con efectos similares podríamos hablar de la inmersión televisiva del ciudadano urbanita a partir de los años 70 del pasado siglo y, sobre todo, tras la aparición, en España, de las televisiones privadas, en 1990. La pseudocultura de la televisión comercial (ya sea pública o privada) es una suerte infoxicadora que ha movido mucho dinero y convertido en gigantes con pies de barro a las grandes corporaciones que nacieron a su abrigo. Su cultura abrió paso con cierta facilidad a la visión 2.0 actual del concepto.

Igualmente, la historia de la música tiene un antes y un después con la aparición de las grabaciones analógicas y digitales, de forma que la música en directo se ve hoy como una excepción casi elitista claramente marcada por la infoxicación musical del ciudadano de hoy, que asiste a un constante bombardeo musical.

A partir de aquí, afrontamos un siglo XXI donde la infoxicación es una parte esencial del individuo, que se ha dotado de una tecnología revolucionaria que ha entrado de lleno en un universo cultural que ha saltado por sus costuras, sin orden ni concierto, de manera que se ha creado un “low cost” social cuyas consecuencias estamos obligados a poner entre las prioridades esenciales de futuro, llevando, incluso, a la escuela, la creación de una línea docente que permita a los individuos dotarse de herramientas que le permitan afrontar el bombardeo de información que, sin orden ni concierto, nos arrastra a lo que Abraham Moles definió como “cultura mosaico” basada en la fragmentación de la realidad y la pérdida del sentido de coherencia.

DebateSIC_2013

Y es que vivimos en una sociedad que impone a los individuos la necesidad de crearse una identidad digital y una reputación en evolución constante, de modo que el uso de las Redes Sociales se convierten en una palanca que puede volverse contra su propio fin si nos dejamos arrastrar por esa obligación infoxicadora que requiere, necesariamente, de una reflexión crítica sobre nuestra propia imagen digital, evitando estelas que pueden convertirse en lastre. No todo vale. Ni la facilidad con que se accede a la información justifica un castillo de naipes que nos aleja de la realidad.

Muchos profesionales deben entender que su protagonismo y capacidad de afectación a la sociedad está marcado por este nuevo flujo, con lo que hay que renovarse. Tal es el caso de los periodistas, que han pasado de convertirse en garantes de una información escasa en habilitadores de vías de comunicación clara, ayudando al ciudadano a separar el polvo de la paja. En mi ámbito profesional, gran parte de los debates se centran en este sentido, aunque nosotros mismos no  nos demos cuenta. Y cuanto más tardemos en debatir y asumir esta realidad, peor será.

Por ejemplo, uno de los debates de moda. La facilidad con que se habla de “Periodismo Ciudadano” encubre realmente, en mi opinión, una rebaja en la calidad de la información, que debe nutrirse necesariamente de profesionales que contrastan y sitúan la información en su contexto, con independencia de que la tecnología permita a los testigos de cualquier hecho estar ahí y extraer documentos informativos de primer orden.

Al mismo tiempo es necesario afrontar una urgente concienciación que garantice adecuadamente la propiedad intelectual, la libertad de expresión y el respeto a los derechos individuales básicos, especialmente Intimidad y Buen Nombre. Esta suerte de “low cost” cultural, donde todo aparece gratis en la Red, está perjudicando claramente a los contenidos comprometidos con el futuro y, lo que es peor, está creando ciudadanos pseudoculturales incapaces de entender sistemas globales, lo que les convierte en manifiestamente manipulables.

En cualquier caso, el brutal incremento de la información, en muchas ocasiones convertida en puro ruido, no justifica una regulación de ese flujo, pues podría entenderse como un movimiento analógico de censura. Más bien nos obliga a todos a una reconstrucción cultural que nos salve de este “low cost” y aproveche esta fuerza comunicativa. De ahí lo mencionado antes. Hay que empezar en la escuela.

Finalmente, una reflexión que, aunque evidente, es necesario siempre poner sobre la mesa para centrar el debate. No estamos ante un problema tecnológico. Ni siquiera estamos ante una cuestión con solución política a corto plazo, ni que se solucione con acuerdos o compromisos adquiridos por todas las partes implicadas. Estamos ante una nueva estructura social y económica, que, además, nos llega en un momento donde los mercados nos consideran ya de segunda o tercera importancia y sólo el Conocimiento, la Innovación y la Renovación de la Democracia nos permitirán salvar este obstáculo, moviéndonos hacia un escenario donde sepamos distinguir, de manera crítica y constructiva, toda la información a la que tenemos acceso.

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